Hoy mi hijo de 9 años me ha contado un problema y no he movido un dedo para solucionarlo.

Este sábado juegan el partido más decisivo de la temporada: van segundos y se enfrentan a los terceros (que están a un punto) peleando por subir de categoría. Es EL PARTIDO…pero mi hijo no está convocado.

Ha vuelto a casa de entrenar cabizbajo y lloroso. Apenas ha cenado. Hemos hablado de que en realidad no es tan importante, que iremos igualmente toda la familia a animar al equipo hasta el final, abrazos de 8 segundos a lo Marián Rojas Estapé…pero nada de esto le consuela. Él sólo puede ver que se pierde el partido más importante del año.

Sería muy sencillo escribir a su entrenador y contarle lo afectado que está. Pedirle por favor que si alguien se da de baja, le convoque al menos como suplente de suplente. Que lo saque aunque sea 5 minutos al campo. Solucionar este problema es muy muy fácil, pero he decidido no hacerlo.

Me parece más importante que aprenda a enfrentarse a la frustración ahora, preparándose para el día que no tenga la nota de corte para la universidad, la chica que le gusta le dé calabazas, no pase el proceso de selección que tanto se haya currado o promocionen a su compañero de trabajo y no a él. 

Pasamos tanto tiempo preparándoles para triunfar en la vida, que a veces se nos olvida que es igualmente importante prepararles para el fracaso, que es el otro lado de la misma moneda. 

Ánimo campeón, el sol volverá a salir mañana.

Lorena Gaytan de Ayala.