A veces, detenerse a leer es también una forma de escucharse. Algunos textos no buscan explicar nada, sino abrir un espacio para mirar hacia adentro. Esta lectura propone una pausa: una oportunidad para pensar en cómo habitamos el día a día y en las partes de nosotros que a veces dejamos en silencio. ¿Cómo podemos reconocer esas partes?
Hay una parte de ti que lo organiza todo. Pone nombre, pone orden, hace listas. Quiere saber cómo empieza esto y cómo termina aquello. Es quien organiza. Y es valioso. En parte, gracias a él estás aquí, a tiempo. Gracias a él sobrevives en el mundo, donde los contornos pueden llegar a asfixiar, donde la mala prisa enferma la vida. Es valioso, en cierta medida. Pero no lo es todo.
Hay otra parte. Más libre. Más divertida… Una que no llega siempre cuando se la llama, sino cuando se le deja espacio. Es la parte que sueña, que se emociona con una mirada, que se asombra ante la vida. Es la que vuela. La que se entusiasma. No necesita explicación. Solo necesita permiso. Y cuando aparece… las cosas pierden un poco su forma, pero ganan sentido.
Honremos a ambas. A la que organiza… y a la que vuela. Demos permiso a la que vuela para que se ponga un rato al mando. Y si al hacerlo nos caemos, nos confundimos o no sabemos qué viene después… celebremos. Porque cuando dejamos de tanto saber, empezamos a estar. Y cuando estamos, algo se enciende. Una chispa. Un hilo. Una risa. Un juego.
Y en el juego… la vida se deja tocar.
Texto adaptado de Raquel Sáiz (Actriz y terapeuta teatral)
