Cuando llegó el primer día de campamento, cada niño y cada niña llevaba en la mochila algo más que ropa y cantimploras. Llevaban sueños, curiosidad, ganas de explorar… y también algunas ideas sobre lo que podían o no podían hacer.
Lucía era una niña bastante tímida, pero llena de alegría a la cual le encantaba probar cosas nuevas y sobretodo le gustaba liderar en los juegos, organizar a los demás y pensar estrategias, pero nunca lo decía muy alto.
Más tarde, cuando llegó el momento de montar las tiendas, el monitor propuso algo diferente.
—Hoy vamos a hacerlo de otra manera. Cada equipo elegirá quién dirige el montaje… y después cambiaremos para que otra persona dirija la siguiente tarea.
Los niños y niñas se miraron entre ellos. En un grupo, eligieron a Lucía.
—¿Yo? —preguntó sorprendida Lucia.
—Claro —dijo su compañero—. Tú sabes hacer nudos mejor que nadie, así que eres la mejor para enseñarnos a los demás.
Lucía respiró hondo y empezó a organizar:
—Primero estiramos la lona, luego clavamos las piquetas. Si alguien necesita ayuda, que levante la mano.
Y funcionó.
Al día siguiente, en la excursión por el bosque, quien llevaba el mapa era Sara. En el taller de construcción de balsas, quien tuvo la idea más ingeniosa fue Pablo. En el concurso de cocina, el equipo ganador tenía niños y niñas cortando, mezclando y probando.
Poco a poco, algo cambió en el campamento.
Ya nadie decía “esto es de chicos” o “esto es de chicas”.
Decían cosas como:
—¿Quién quiere intentarlo?
—¿Quién tiene una idea?
—¿Quién necesita ayuda?
La última noche, alrededor de la hoguera, el monitor preguntó:
—¿Qué es lo que más os ha gustado del campamento?
Hubo muchas respuestas: las rutas, los juegos nocturnos, las canciones.
Pero Lucía levantó la mano.
—A mí me gustó que aquí todos podíamos probar cosas nuevas. Aquí nadie te dice lo que puedes o no puedes hacer.
El monitor sonrió mirando el fuego.
—Eso es un campamento —dijo—. Un lugar donde aprendemos juntos que las oportunidades no tienen dueño. Donde cada persona puede descubrir lo que es capaz de hacer.
Y mientras las chispas subían hacia el cielo, todos entendieron algo importante:
Que cuando niños y niñas tienen las mismas oportunidades, el campamento no solo es más justo, sino también es mucho más divertido.
Texto elaborado por La Sierra Educa
