Gran parte del bienestar (o del sufrimiento) que vivimos, tiene que ver con cómo somos acompañados mientras crecemos.
Muchas veces, sin darnos cuenta, premiamos a los niños cuando se adaptan a lo que esperamos de ellos, cuando cumplen las normas, se comportan como creemos que deben hacerlo o responden a las expectativas de los adultos. Y, aunque las normas, o mejor dicho acuerdos, son necesarios para convivir, no siempre dejamos suficiente espacio para que cada niño descubra quién es realmente.
Con frecuencia, se les enseña demasiado hacia fuera, lo cual muchas veces conlleva también consigo, el compararse, el encajar, el conseguir objetivos y recompensas rápidas, o a responder a lo que otros esperan…
El planteamiento es aumentar la enseñanza de mirar hacia dentro, a escuchar lo que sienten, lo que necesitan o aquello que les hace únicos.
La autenticidad, la creatividad, la sensibilidad o la capacidad de escucharse a uno mismo son cualidades que también necesitan ser cultivadas.
Por eso es importante dar valor a los momentos de calma y de reflexión. Espacios donde los niños pueden estar consigo mismos, y reconocerse y observarse.
Cuando disminuyen el juicio, las etiquetas y las expectativas externas, aparece algo muy valioso: la posibilidad de ser y conectar uno mismo, con mayor libertad.
En esos momentos no hace falta aparentar, competir ni interpretar ningún papel. Solo estar presente, con honestidad y sencillez.
Y es precisamente desde ahí, desde esa conexión con lo que uno es, desde donde puede surgir un crecimiento más profundo y saludable.
Acompañar a un niño no consiste solo en enseñarle a desenvolverse en el mundo, sino también en ayudarle a conocerse, escucharse y confiar en sí mismo.
Texto inspirado en una reflexión de Osho (From Death to Deathlessness).
