Hay aprendizajes que no caben en un cuaderno ni aparecen en un boletín de notas. Suceden cuando un niño organiza un partido improvisado, se aburre una tarde, explora un lugar nuevo, discute con un amigo y encuentra la manera de reconciliarse con él o descubre que puede hacer algo por sí mismo.
El verano y/o las vacaciones, con sus rutinas más flexibles, ofrecen un espacio privilegiado para estos aprendizajes. Les permiten tener más oportunidades para tomar decisiones, gestionar su tiempo, resolver pequeños problemas cotidianos y descubrir qué les interesa realmente.
Jugar, explorar, aburrirse, compartir y enfrentarse a pequeños retos son experiencias que dejan huella. Según el neurocientífico David Bueno, estas situaciones contribuyen a desarrollar funciones ejecutivas como la planificación, la flexibilidad cognitiva o la toma de decisiones, esenciales para el aprendizaje y el bienestar.
Y el juego tiene un papel especialmente importante. Cuando los niños juegan, negocian reglas, resuelven conflictos, experimentan y aprenden a cooperar. También el aburrimiento puede tener una función positiva: dejar espacio para generar ideas, despertar la curiosidad y descubrir nuevos intereses.
Por eso, el ocio también educa y mucho. Estas actividades pueden ofrecer experiencias muy enriquecedoras, especialmente cuando permiten jugar, explorar, convivir y asumir pequeñas responsabilidades. La clave está en que también exista espacio para la iniciativa propia, para tomar decisiones y para vivir experiencias significativas.
