Durante los meses de verano y también en los campamentos interanuales, desde nuestra organización ponemos gran énfasis en que los participantes se lleven experiencias enriquecedoras. Una de ellas, a priori difícil de introducir y llevar a cabo con conexión y sintonía, son los momentos de relajación y reflexión antes de irnos a la cama. Es una inducción a la calma en la que nos solemos tumbar para ir de “turismo interior”. Muchas son las posibilidades de esta dinámica: desde la toma de consciencia corporal, pasando por regalarse unas palabras positivas, hasta las meditaciones guiadas, los masajes, escuchar una música inspiradora o las famosas lecturas constructivas que nos llevan a reflexionar y pensar un poco más allá.

Se expone a continuación una de estas lecturas. Me llegó hace años de manera anónima, la adapté a mi forma de sentirla, y no me canso de leerla y compartirla. Por lo poética, corta y directa que es, se ha convertido en una imprescindible dentro de la colección:

ODA A LA FORTALEZA INTERIOR

La fortaleza interior es necesaria para crecer espiritualmente
y ayudar a que los demás crezcan.

Esta fortaleza conforma nuestro carácter y permite disciplinar la mente.
Una mente disciplinada es una mente pacífica y feliz.

La fortaleza de nuestro ser se nutre con experiencias de energía elevada: experiencias de silencio, observación, naturaleza… y con experiencias de conexión sutil con la fuente eterna de luz y de paz.
Y también, por supuesto, se alimenta de actitudes honestas y sinceras ante la vida y hacia los demás.

El agradecimiento de los demás es otra gran fuente de fortaleza para el ser.
Recibimos bendiciones de aquellos a quienes ayudamos y servimos.

Aquellos que han incorporado las virtudes universales en sus comportamientos y actividades de la vida, son los que más y mejor pueden compartir fortaleza con los demás.
Compartir esta riqueza y sabiduría es dar un regalo invalorable.

Podemos evaluar nuestro nivel de fortaleza espiritual observando la calidad de nuestras respuestas en las situaciones y relaciones para con nuestro entorno:

El que es fuerte da,
el débil retiene.

El que es fuerte habla asertivamente, cambia, se transforma…
el débil se queja y se frustra.

El que es fuerte sabe perdonar,
el débil guarda resentimiento.

El que es fuerte fluye,
el débil quiere controlar demasiado.

El que es fuerte tiende a permitir,
el débil pone demasiados límites.

El que es fuerte puede doblarse,
el débil se rompe.

El fuerte calma y tranquiliza,
el que es débil clama y se agita.