Desde nuestra organización estamos llevando a cabo esta necesaria reflexión, la cual también es importante aplicar a otros ámbitos como el familiar o al de la sociedad en general. Y más teniendo en cuenta los tiempos de confusión y sobreinformación que corren:

¿Cuánto daño hacen a las personas, organizaciones y sociedades aquellas informaciones de dudosa veracidad que circulan por allí y por allá, carentes de juicio, filtro y ética?

Personas u organizaciones que, por malicia o incontinencia verbal, airean informaciones falsas, o posiblemente verdaderas en algún punto pero que, tras ser perturbadas por el velo de la subjetividad y los intereses de cada uno, lo que sobre todo hacen es contaminar entornos, procesos y personas. Dando lugar así a una espiral de prejuicios y conflictos que nada tienen que ver con lo verdaderamente esencial, el buen hacer o la felicidad de nuestras comunidades y familias.

Y es aquí cuando el termino prudencia entra en juego en una de sus acepciones más beneficiosas, pues antes de hacer correr información o comentar, deberíamos plantearnos si el hecho de hacerlo contribuirá positivamente al seno de una organización, familia o sociedad. Si no es así, es un virus. Un virus que no hará otra cosa que ayudar a enfermar, en mayor o menor medida, a nuestros contextos vitales.

Encontramos un cuento muy esclarecedor al respecto:

En la antigua Grecia, alguien vino a contarle al viejo filósofo:

– ¿Sabes lo que acabo de oír sobre tu amigo?

– Un momento, – respondió el filósofo – antes de que me lo cuentes, me gustaría hacer la prueba de los tres filtros. Es menester hacerla para cualquier cosa que se cuente o se escuche sobre los otros. El primer filtro es el de la verdad; ¿has comprobado si lo que me vas a decir es verdad?

– No, sólo lo escuché.

– Bien, así que no sabes si es verdad. Continuemos con el segundo filtro, el de la bondad. Lo que quieres decirme sobre mi amigo, ¿es algo bueno?

– ¡Ah, no! al contrario.

– Entonces, – cuestionó el sabio – quieres contarme cosas malas acerca de mi amigo y ni siquiera estás seguro de que sean verdaderas. Tal vez aún pueda pasar la prueba del tercer filtro, el de la utilidad. ¿Es útil que yo sepa lo que me vas a decir de este amigo?

– No, la verdad es que no mucho…

– Entonces, – concluyó – si lo que ibas contarme no es una certeza, ni es bueno, ni útil; ¿por qué querías decírmelo?

Está a nuestro alcance, tanto siendo emisores como receptores de información, el mejorar nuestras organizaciones, relaciones y sociedad en general.