Esperando con la bici a que mi amigo llegase, vi que cruzaba la carretera de Galapagar un hombre sin camiseta y con bastón, el cual no apoyaba. Su piel tostada y su porte firme llamaron mi atención. Aburrido por la espera, me quedé observando cómo pasaba con ritmo decidido e ímpetu al caminar, desapareciendo enseguida por el camino hacia El Campillo.

Pasados unos minutos llegó mi amigo y prestos nos metimos en vereda; pasando entre fincas de vacas, viandantes y otros ciclistas, con La Sierra de Guadarrama de fondo. Llegados a la Casa de las Cigüeñas, paramos a observar tan entrañable paraje. Íbamos a reemprender la marcha, cuando hizo aparición de nuevo el protagonista de esta historia.

– ¿Ya está aquí…? – pensé sorprendido, parecía difícil que ya nos hubiese alcanzado.

Saludó simple y llanamente;

– Buenas tardes. A lo que nosotros mecánicamente respondimos los mismo.

Entre sorprendido y curioso, me quedé observándole… E hizo algo curioso; llegó hasta la valla de la finca, la tocó, oteó el paisaje, respiró un par de veces de manera reflexiva y dio la vuelta deshaciendo el camino por el que había venido.

Yo, amigo de interactuar con lugares y personas, espontáneamente, le interpelé:

– ¡Lleva usted buen ritmo!

El hombre, con cierto efecto teatral, se quedó parado, esperó unos instantes y con la calma y seguridad que supongo que dan los años, dio la vuelta acercándose a nosotros y apuntándonos con el bastón nos preguntó:

– ¿Cuántos años crees que tengo?

La originalidad del momento nos sacó una sonrisa, con cierta perplejidad contesté:

– No sé…. ¿Setenta?

Henchido de orgullo dijo: – Ochenta y cuatro, y aquí sigo, dando guerra.

No sé muy bien como enganchamos conversación, pero fue entrañable e inspirador. Había algo en él mágico, que atraía, un talante en los gestos que, ayudados por el bastón; hipnotizaban. Una energía segura y serena que te hacía querer seguir escuchando.

– Yo de esto y de esto, sé poco. Explicaba mientras hacía gestos de beber y fumar.

– Siempre he sido más de buen deporte…. Y de mente sana que es la que trae buenas ideas. Antes esto era más duro, ¿sabéis? Desde los 14 años he sido charcutero. Llevo toda la vida tratando con gentes y hoy en día a los cuarenta parece que tienen el doble, y es que hay demasiada mala vida… Así como los buenos hábitos se premian, los excesos, por supuesto, se pagan.

Continuaba, como si le hubiésemos dado cuerda:

– Sigo yendo por la carnicería y las madres allí me cuentan unas cosas que en mi época yo no sé…. Unas tonterías; el botellón ese, todos los fines de semana, por sistema… Pero, ¿esto qué es?… Hay que cuidarse ¡hombre! que luego vienen mal dadas, ¡y van a venir! Sino a uno enseguida le flaquea todo y te derrumbas a la mínima. En mi generación, hasta los 50 o 60, o incluso más, aguantábamos bien. Luego ya uno se hace viejo, claro, y la cosa va cambiando. Pero vamos, que cuerda hay para rato en la vida.

– Mira, ¿ves esto de aquí? Nos dijo señalando una cicatriz que le cruzaba media pierna por el eje vertical.

– Cincuenta grapas, rotura de (no sé qué…). A los pocos días ya estaba queriendo salir a caminar de nuevo. Los médicos me decían: tiene usted la carne muy dura… y yo les respondía: ¡Eh! que soy viejo pero fuerte. ¿Cuándo me dan el alta?

– A mí el sofá me ha gustado, pero con moderación. Continuaba:

– Hay que salir, hay que hacer… ¡Hay que vivir!

Estábamos encantados con el encuentro, el señor no paraba de soltar perlas, era digno de ver: gafas con una pequeña rotura en el cristal, pelo hacia atrás a la antigua… Todo en él desprendía simpleza y autenticidad.

De manera natural la conversación se fue acabando y nos despedimos. Antes de empezar a pedalear de nuevo, le grité, por último:

– ¡Intentaremos llegar a los ochenta como usted!

Levantando el bastón, ya caminando y sin darse la vuelta, exclamó:

– ¡Pues ánimo y ya sabéis! Una de esas anécdotas/lecciones/ejemplos que a veces te deja la vida. La cual nos hizo reflexionar sobre si los jóvenes y los no tan jóvenes de estas otras generaciones llegaremos a desarrollar carismas y fortalezas parecidas a las de nuestros abuelos/as. Curtidos en un siglo movido donde los haya habido; sobreviviendo a una guerra civil, una posguerra, una dictadura y a una convulsa apertura democrática.

Mucha atención tendremos que poner en esto de experimentar y aprender de la vida.