Estaba cansado de mirar por la tele y ver un montón de cosas a mi alrededor que no me gustaban. Me quejaba del mundo, pero me sentía cómodo a la par que insatisfecho sentado en el sillón, sin hacer nada.
Aquel verano decidí que necesitaba algo distinto, hacer algo que no fuera lo de siempre. Quería irme lejos. Así que decidí viajar a Brasil.
Llegué a Brasilia, y en uno de sus barrios periféricos me detuve a descansar, aprovechando para mirar y contemplar lo que me rodeaba.
De repente apareció en escena un pequeño perro callejero, con el rostro triste y el rabo entre las patas. Se acercó y se paró al llegar a una sombra cercana. Me observaba desde una distancia prudente mientras se rascaba las pulgas. Le silbe y le hice un gesto para que se acercara, pero permanecía igual, quieto parado, por más que lo llamaba el perro no parecía reaccionar.
Con la caída de la tarde, empezaron llegar al lugar bastantes niños. Niños que vivían en la calle. Sus rostros reflejaban cierto temor, sabían bien que significaba el poder del miedo. También conocían el egoísmo. Lo contemplaban a diario y lo sufrían en su corazón y en su estómago. Sus miradas esperaban que alguien, quien fuese, les dijera: “Venid, esto no es más que una pesadilla”, y les ofreciera un mundo un poquito mejor.
De pronto apareció un niño pequeño, menudo, de unos siete años aproximadamente, se acercó y se sentó a mi lado, me miró y me preguntó: «¿Quieres que haga magia?»
Me quedé extrañado de la pregunta, me intrigaba que tipo de truco haría aquel chaval, e inmediatamente contesté: «Sí, claro, haz magia.»
El muchacho sacó de uno de sus raídos bolsillos un pañuelo, lo abrió y apareció un pequeño trozo de cal, una especie de tiza. «Mira, es una piedra mágica.» Dijo al tiempo que se agachaba.
Dibujó un hueso en el suelo con la tiza y silbó al perro que yo no había conseguido atraer. Para mi asombro, el cachorro se levantó, movió la cola, vino corriendo y se puso a dar brincos y saltos de alegría alrededor del hueso. Me quedé sorprendido y los dos nos miramos riéndonos, por un momento un escalofrío de felicidad recorrió mi cuerpo.
El muchacho volvió a preguntarme: «¿Quieres que vuelva a hacer magia, un truco más grande?» «Sííííí.» Contesté emocionado.
De nuevo se puso a dibujar con la tiza en el suelo, esta vez hizo varios cuadrados. Al mismo tiempo que dibujaba iban acercándose los niños y explicándoles algo. De pronto, cual fue mi sorpresa cuando aquellos chicos que tenían hambre y miedo empezaron a correr y a saltar jugando encima de los cuadrados. Reían al tiempo que sus caras se llenaron de sonrisas y entusiasmo.
El muchacho me miró y dijo: «Para hacer magia sólo hay que saber dibujar». Sonrió y se puso a jugar con sus compañeros.
Yo pensé: “Si tuviera un trozo de tiza mágica, me lo llevaría a Madrid, dibujaría un montón de cosas y cambiaría muchas cosas que no me gustan”.
Así que, levantándome, me acerqué al chico de la tiza y le dije: «Te compro un trozo de piedra mágica». «No» contestó, «la magia ni se compra ni se vende». Partió un trozo y dijo mientras me lo daba: «La magia existe y se da. Sólo hay que saber dibujar. Es necesario saber qué es lo que necesitan los otros. Si se lo das o le ayudas a conseguirlo, la magia aparece».
No he vuelto a ser el mismo desde aquel entonces. Regresé a Madrid y busco dibujantes que me ayuden a pintar un mundo nuevo. Lo intento todos los días, pero muchas veces no sucede, el mundo no se transforma mucho, o lo hace muy poco a poco. Creo haber descubierto cuál es la causa:
No es que la tiza no sea mágica, es que yo soy un aprendiz de dibujante, y he de seguir intentándolo.